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Cliffhangers, red herrings, mcGuffins y otros sospechosos habituales

Hombre colgando de acantilado cliffhanger

Cliffhangers. Red herrings. McGuffins. La novela negra y el thriller están llenos de trampas deliciosas: pistas falsas, objetos misteriosos, giros que te dejan sin aliento y finales de capítulo que hacen saltar por los aires esa promesa de: «solo un capítulo más».

Pero ¿de dónde vienen todos estos recursos? ¿Quién los inventó? ¿Por qué funcionan tan bien?

Hoy te propongo un recorrido por los sospechosos habituales del género negro y criminal: conocer tres de sus ingredientes principales, qué son y, sobre todo, de dónde vienen. Te contaré cómo un arenque apestoso, un acantilado y un objetivo cualquiera se han vuelto imprescindibles en el suspense y el misterio, pero no solo en ellos. En cualquier género que leas.

Red herring: juguemos al despiste

Para saber cómo un arenque rojo (la traducción literal de red herring) saltó a las novelas de Agatha Christie tenemos que viajar atrás en el tiempo, hasta 1807 y conocer a William Cobbett, un periodista, político y polemista británico que editaba un periódico muy crítico con el gobierno británico de la época.

Un buen día, Cobbett publicó un artículo en su periódico sobre cómo la prensa británica se había vuelto loca informando de manera masiva y alarmista sobre una supuesta derrota militar de Napoleón. Según Cobbett, todo el país estuvo días hablando de eso, paralizado por la noticia, hasta que se descubrió que era un rumor falso.

El objetivo del gobierno, según denunciaba el periodista, era desviar la atención pública de un debate político crucial que se estaba perdiendo en el Parlamento.

Salta el arenque y…

Para explicarle a sus lectores lo que el gobierno y la prensa habían tratado de hacer, en la misma noticia contó que él, cuando era niño, vio a un cazador furtivo arrastrar un arenque rojo ahumado y apestoso por el suelo para borrar el rastro de un zorro en un cruce de caminos. Cuando los sabuesos de los terratenientes llegaron allí, el olor era tan fuerte y repugnante que los perros se volvieron locos, olvidaron al zorro y siguieron el rastro del arenque, permitiendo que el zorro (y el cazador) escaparan.

Pero años después, los historiadores descubrieron que esta historia era mentira. Los perros de caza son demasiado listos como para dejar que el olor de un pescado podrido les desvíe del rastro de una presa viva. Resultó que Cobbett se inventó la anécdotas de su infancia y exageró el mito del arenque para escribir una columna de opinión brillante y dejar en ridículo al gobierno.

Aun así, la metáfora era tan potente que la gente empezó a usar la expresión «eso es un arenque rojo», lo que venía a significar algo así como «no me cuentes milongas».

… aterriza en la novela policíaca

A finales del siglo XIX y principios del XX, con el boom de Sherlock Holmes, los folletines y la edad de oro del misterio, los escritores se dieron cuenta de ellos hacían lo mismo: distraer al lector (los sabuesos) para que no descubrieran al asesino (el zorro) demasiado pronto.

Fue la mismísima Agatha Christie y sus contemporáneos del Detection Club quienes adoptaron el término red-herring de forma oficial en la jerga literaria para dar nombre a la pista con la que la autora que intenta sembrar la duda en tu cabeza mientras lees ese thriller. Para que pienses eso de: Porque, sí, podría ser, pero…

La Dama del misterio era una maestra en utilizar este recurso en sus novelas.

McGuffin: no importa pero lo cambia todo

El término McGuffin (me encanta esta palabra😊) saltó del cine a la literatura, ya que su creador fue ni más ni menos que Alfred Hitchcock, quien solía explicarlo asi:

«La palabra procede de esta historia: Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro:

—¡Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?

—Ah, eso es un McGuffin.

—¡Qué es un McGuffin?” —insiste el primero.

—Un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia.

—Pero si en Escocia no hay leones.

—Entonces eso de ahí no es un McGuffin”—le responde el otro».

Un maletín misterioso. Un microfilm. Un collar robado. Un documento secreto. Lo que quieras. Piensa en una película de cine negro o una novela de suspense y seguro que te viene uno a la cabeza.

Porque lo importante no es el objeto en sí, sino lo que provoca. El McGuffin es la excusa que pone la trama en marcha.

McGuffins famosos en el cine

Por si aún no te he convencido, te cuento algunos de los McGuffins más famosos del cine:

💼 El maletín de Pulp Fiction.

🌌Los planos de la Estrella de la Muerte en Star Wars: A New Hope

💎 El diamante «Corazón del Océano» en Titanic.

🏺 El Arca de la Alianza en En busca del arca perdida.

🥤 El Santo Grial en Indiana Jones y la última cruzada.

Como ves, da igual el género de que se trate, siempre hay un McGuffin. Pero como en este blog te hablo de novela negra y thriller, te pongo algunos de los más destacados:

McGuffins en el thriller y novela negra actual

🦅 La estatuilla de halcón de El halcón maltés, de Dashiell Hammett

📂 La carpeta roja en la trilogía Millennium, de Stieg Larsson

🎒La mochila en Perdida, de Gillian Flynn

🎥 El vídeo comprometedor en El poder del perro, de Don Winslow

💽 El disco duro cifrado en El ultimátum de Bourne, de Robert Ludlum (el libro, no la peli).

Seguro que ya se te han ocurrido un montón más. Me encantaría que me lo contaras en un comentario.

Cliffhanger

Venga, vamos con el siguiente. Un cliffhanger es…

Te lo cuento en el próximo artículo

¿Lo has sentido? Esa micro‑tensión, ese «¡no, no me dejes así!», ese impulso de seguir leyendo aunque no haya nada más.

Eso es un cliffhanger.

En una época como la nuestra, en la que el mayor cliffhanger que sufrimos es lo que tardamos en girar la página o el tiempo en que se carga el siguiente capítulo de nuestra serie favorita, no podemos hacernos una idea de lo que era en el siglo XIX.

O sí.

Imagina: Londres, siglo XIX 😉

Charles Dickens, como otros autores de la época, publicaba sus novelas por entregas en revistas o periódicos literarios. Tú, como cualquier otro londinense o norteamericano, esperas con avidez cada nuevo capítulo de la historia. Tras publicar Los papeles póstumos del Club Pickwick y Oliver Twist, Dickens se había convertido ya en uno de los escritores más famosos de la época.

Entonces comienzan las entregas de su tercera novela, La tienda de antigüedades. En ella conocemos a la Nell Trent, Little Nell, una pequeña huérfana que vive con su abuelo, quien está obsesionado por el juego. Debido a ello, acaban en la ruina. Además, si no le pagan lo que le deben, Daniel Quilp, un usurero despiadado, acabará con ellos.

Para evitarlo, Nell y su abuelo huyen, y comienzan un viaje lleno de penurias por la campiña inglesa.

.

La pregunta que paralizó al mundo

En el capítulo 71, Nell está agotada y gravemente enferma.

Su vida pende de un hilo.

Y ahí acaba el capítulo.

Había que esperar hasta la siguiente entrega para saber qué ocurriría con ella. En Inglaterra podía tardar una semana o dos, pero a Estados Unidos llegaba un mes después en barco. Y eso si no había tormentas o corrientes que desviaran el barco o, incluso peor, lo hundieran.

Sí, has leído bien. Un-mes.

Como seguro te está pasando a ti ahora, los lectores se volvieron locos. El destino de Nell era el tema de conversación en cafés y tabernas, donde compartían sus hipótesis o escribían cartas a los periódicos, especulando sobre el desenlace de la novela, intentando adelantarse a Dickens.

Por entonces, sin Internet ni redes sociales, no había la más mínima filtración. Además, como puedes imaginar, el autor no decía ni mú.

En Estados Unidos, la incertidumbre era tan insoportable que la gente se agolpaba en los muelles, esperando a los barcos que llegaban de Inglaterra. Rodeaban a los marineros y la pregunta era siempre la misma.

¿Ha muerto la pequeña Nell?

Imagínate cuando llegara la siguiente entrega: Un muelle lleno de gente. El barco acercándose. La multitud conteniendo la respiración. Todo por la pequeña Nell, por saber qué había sido de ella.

Y aquí tienes otro cliffhanger, porque yo no te lo voy a contar.

El verdadero origen del cliffhanger

Seguramente habrás escuchado que el término viene de una novela de Dickens en la que este deja a uno de los personajes colgado de un acantilado (cliff es acantilado y hanger el que cuelga). Esto es verdad, pero solo a medias.

El término sí se popularizó a partir de esta escena, pero su autor no fue Dickens, sino su coetáneo Thomas Hardy y a su novela Un par de ojos azules, que también se publicaba en capítulos mensuales.

En uno de ellos, el protagonista, Henry Knight, resbala y quede, literalmente, colgado del borde de un acantilado, el Acantilado de la Muerte, ni más ni menos, mirando al abismo que se abría bajo sus pies, esperando su trágico final.

Y sí, lo has adivinado.

Tuvieron que esperar un mes para saber lo que ocurría.

Y sí, también lo has adivinado. Yo no te lo voy a contar😊.

Ese momento —un personaje literalmente colgado de un acantilado— se convirtió en el origen del término cliffhanger

¿Por qué nos encantan estos recursos narrativos?

Porque nos gusta sentirnos detectives. Porque queremos adelantarnos a la autora. Porque nos encanta equivocarnos. Porque el suspense es una forma de placer.

Y porque, desde Dickens hasta Hitchcock, desde Holmes hasta tu thriller favorito de hoy, todos estos recursos nos recuerdan lo mismo:

Leer también es investigar.

Es ponernos nuestro sombrero de detective, la gabardina y sumergirnos en el caso que se abre ante nosotros, y disfrutarlo al máximo sabiendo que el autor los utiliza para que disfrutemos a lo loco mientras leemos.

¿Cuál es el cliffhanger que más te ha desesperado? Mejor no hablemos de la saga Crónica del asesino de reyes, de Patrick Rothfuss…

No te pierdas la segunda entrega de los sospechosos habituales, donde te hablaré de algunos más. Eso sí, tendrás que esperar….

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