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Los clichés —buenos y malos— de la novela negra

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Giro final inesperado

humphrey bogart como Sam Spade en El Halcón Maltés, de Dashiell Hammett
Humphrey Bogart como Sam Spade en El halcón maltés (1941), prototipo del detective cínico y duro.
Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, protagonizada por Auguste Dupin

El momento «Eureka» (y el síndrome de Watson tonto)

Añado este cliché después de ver una serie que me estaba gustando pero justo, al final, el momento Eureka: 45 minutos intentando resolver un asesinato y el o la protagonista, que se supone que tienen un cociente intelectual que haría palidecer al de Sheldon Cooper, resuelven el caso porque, justo en ese momento, ve a un limpiador de cristales usar un spray o nota un detalle aleatorio que le «ilumina» (Porque además, solo le falta decir como a Vicky el Vikingo: ¡Ya lo tengo!)

Y yo, en ese momento, me pregunté. ¿Y si el limpiador ese día a esa hora estuviera tomando un café? ¿O estuviera de baja? Pues que el asesino seguiría suelto. Eso no es deducción, es el factor «chiripa».

Personalmente esto se lo compro a personajes como Jessica Fletcher o Miss Marple, pero desde luego no a series y novelas procedurales que intentan imitar la parte «mágica» de Sherlock Holmes: su inteligencia, su capacidad de ver lo que nos demás no vemos. Pero olvidan que Sherlock no tenía momentos Eureka, sino datos. A su capacidad de observación se une un detenido estudio de la realidad, además de los 200 tipos de ceniza, el barro de Londres y alrededores o una monografía inmensa sobre perfumes. Y, sobre todo, el método deductivo. Él no formulaba hipótesis. Recogía datos y, a partir de ellos, deducía.

Este cliché suele venir acompañado de lo que yo llamo «El síndrome del Watson tonto» (que de tonto no tenía un pelo, vaya por delante). El o la protagonista superlistos tienen con él a una Brigada de Homicidios formada por profesionales con años de experiencia y formación, pero que no saben resolver nada, o compañeros que no se sabe cómo han entrado en un cuerpo policial.

Vamos a dejarlo claro: Watson no era tonto, aunque muchas adaptaciones de las novelas de Arthur Conan Doyle se empeñen en que lo parezca. Era un médico militar brillante, culto e inteligente… ¿Tú crees que Sherlock habría elegido como compañero a un tonto? Yo tampoco. No es el sidekick gracioso, sino el que frena a Sherlock cuando este se pasa tres pueblos, o le ayuda en sus investigaciones. Es su «conductor de luz».

Para que te hagas una idea, es como si te sientan con Einstein a hablar de la relatividad: no es que tú seas tonta, es que él es una anomalía. Pero si para que Einstein parezca listo, los demás, con respecto a la relatividad, solo podemos decir que «cuando vas en tren el movimiento no se nota», el guionista o el escritor nos está tomando el pelo.

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